Enviat per: cristinacg | Abril 25, 2010

Mi último día

Y llegó el día. Era miércoles y justo después de comer, sobre las 4 de la tarde, debía coger un tren en Termini para que me llevara a Civitavecchia, el puerto de Roma donde 4 días antes había llegado pensando que estaba a punto de empezar unos de los mejores días de mi vida. Supongo que para alguien habituado a viajar, Roma no deja de ser una ciudad “similar” a Barcelona, Madrid o Valencia. La cultura es parecida e incluso muchos de los habitantes de Roma conocen la lengua española, pudiendo hablar perfectamente con ellos, pues el italiano tampoco es de las lenguas más difícilmente entendibles. Sin embargo, aquel viaje significaba algo más que una visita a una ciudad normal y corriente. Roma me maravilló de tal modo que, aun querer conocer lugares diferentes, donde nunca he estado y en los que me pueda sentir cien por cien turista, sé que tengo y debo volver a ella.

Un pájaro contemplando la ciudad desde una rama (Foto propia)

 En cuanto sonó el despertador aquella mañana supe que mi viaje estaba llegando a su fin. Era el último día en aquella habitación donde, si asomabas la cabeza por la ventana, podías ver un mercado diario en la calle de enfrente. Ya me conocía las tiendas de la calle, los pisos e incluso aún podría recordar la disposición de las paradas en aquel mercado callejero. El hecho de mirar cada mañana por aquella ventana hacía chocarte con la realidad, con el sueño de estar pasando unos días en la tan fantaseada ciudad. Recogí todo lo de las maletas y lo llevé a uno de esos cuartos de los hoteles que guardan el equipaje mientras vives tus últimos minutos en el lugar. ¡Qué tristes estos cuartos! Después de desayunar me esperaban dos visitas, las últimas dos visitas, una de ellas, además, repetida.

 La primera fue a la Villa Borghese, edificio construido ente los años 1613 y 1615 en el que se encuentra una colección de pintura y escultura solamente superada por las de los Museos del Vaticano. La mejor escultura, sin duda, la de Apolo y Dafne de Bernini. Ésta captura la transformación de Dafne en laurel, sus pies se vuelven raíces y sus extremidades se convierten en ramas, mientras Apolo, detrás, la mira con estupefacción. Después de más de dos horas caminando por el museo, di una vuelta por los parques y jardines que lo rodean, unos parques y jardines que, a diferencia de casi todo lo visto con anterioridad, se encontraban vacíos, casi sin gente que los recorriera. Fue un paseo tranquilo pero ameno, alegre a la par que triste, que me permitió reflexionar sobre todo lo acontecido en esos días, todo lo que había visto y visitado y todo aquello que sin estar en la guía inicial había podido descubrir.

 Y cogí un bus, donde a diferencia de la mayoría de habitantes de Roma, pagué mi billete. Podría haberme colado fácilmente pero preferí serle leal a una ciudad que me había ofrecido tanto. Además, quería guardarme todo lo que utilizara o me sirviera en Roma para que, después de más de 3 años como ahora, pudiera abrir mi caja de los recuerdos y ver el precio del ticket, al igual que el coste de un menú de un restaurante o la entrada a uno de los muchos monumentos visitados.

Fontana di Trevi (Foto propia)

Era la hora de volver a aquel lugar. Cinco días guardando una moneda, más los muchos meses encerrada en una hucha para acumular el máximo dinero posible para financiarme el viaje. Volví a estar en frente de la Fontana di Trevi y volví a recordar la escena de la Dolce Vita  con la protagonista adentrándose en la fuente. No obstante, aquel día estaba abarrotada, decenas de personas la contemplaban, otras, apoyadas en el margen de la fuente, cerraban los ojos y de espaldas a ésta arrojaban la moneda pidiendo su propio deseo.  Hice algunas fotos y seguidamente me aproximé lo máximo que pude, llegando a tocar incluso el borde de la fuente y el agua, unos bordes que, a pesar de haberse sentado millones de visitantes, eran los mismos de los de aquella película que tanto me había hecho enamorarme de la ciudad. Tenía la moneda seleccionada, sólo bastaba concentrarse bien y parar el tiempo para que aquel instante quedara gravado en mi memoria y perdurara durante mucho tiempo. Me puse de espaldas a la fuente y antes de hacerlo observé la gente que tenía a mi alrededor pensando en si realmente todas aquellas personas lanzarían la moneda. No me extrañarían entonces los intentos de algunas personas por robar el dinero de su interior. Cerré los ojos y pensé el deseo agarrando con fuerza la moneda. La tradición dice que arrojando una moneda te aseguras el retorno a la ciudad. Deseché la idea, por tanto, de lanzar más monedas y cuando ya tuve la seguridad suficiente de que recordaría el momento para siempre, la tiré.   

Acababa de hacerlo, mi último cometido en la ciudad acababa de ser realizado. La alegría por un lado y la nostalgia, por otro, me invadían de tal manera que aun sin haber dejado todavía la ciudad, tenía clarísimo que quería volver a verla.

 Eran las cuatro de la tarde y me subí a un tren. Un poco más de media hora más tarde estaba ya en el puerto, esperando a embarcar y dejar la hermosa ciudad. Sabía que el trayecto de vuelta lo disfrutaría poco puesto que el cansancio era tan acusado que aprovecharía para dormir. Aun así, pude ver la partida, como cinco días atrás, pero con un sentimiento totalmente distinto. Ya no era mi ciudad la que se reducía lentamente entre el mar, sino un lugar que a pesar de ser totalmente desconocido para mí en un primer momento, sentía ya como mío.

Regreso en barco (Foto propia)

Si bien había dicho hace unos días que no habría mejor regalo que el de la propia experiencia, ahora, después de escribir este blog, me acabo de dar cuenta que acabo de ofrecer un regalo muy grande, no sólo para el posible lector, sino también para mí misma. Después de tres años en el que el recuerdo, a pesar de no haber desaparecido, formaba parte de algo estático y un poco abandonado en mi cabeza, en estos días he vuelto a revivirlo. Gracias a todas estas líneas repletas de vivencias creo haber pasado otra vez por esos puentes que cruzan el Tíber y me parece haber visto esos tramontos italianos inconfundibles. He podido detenerme a observar todas mis fotos y todos esos recuerdos guardados en una caja que, si no hubiera sido por esto, seguiría metida en el armario, escondiendo un gran tesoro pero sin ser sacada para reportarme tanta satisfacción y gozo. Escribiendo estas últimas líneas y escuchando el “Arrivederci Roma” de Dean Martin, dejo de hablar de Roma para que todo aquel que no haya estado pueda comprobarlo todo por sí mismo. Algún día, y sé que no dentro de mucho tiempo, volveré a comprobarlo de nuevo y volveré a escribirlo, pues no hay mejor forma de revivir todo lo acontecido que ésta.

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Enviat per: cristinacg | Abril 22, 2010

Una ciudad llena de sorpresas

 
El Tíber desde uno de sus puentes (Foto propia)

Roma no es una de esas ciudades que sólo pueden ser recordadas por su principal monumento o por uno de sus principales artistas. La ciudad eterna tiene tal cantidad de cosas por las que podría y es conocida que es imposible relacionarla a algo que la caracterice. Lo mismo pasa con Barcelona: ¿Con qué puede asociar un turista la Ciudad Condal? La arquitectura de Gaudí, su gastronomía, su carácter cosmopolita, sus playas, etc.  De hecho, pocos lugares deben tener algo que evoque directamente a la gente a esa ciudad o pueblo. Todas las regiones se caracterizan por una infinidad de lugares, gentes y diversidad al fin y al cabo que hace de la tarea de relacionar un lugar con alguno de estos aspectos una misión algo ardua y complicada. A pesar de esto, el carácter histórico de la ciudad tiene un gran peso en la valoración de la misma por lo que hay un monumento que, si hubiera un ranking de lugares emblemáticos de Roma, quedaría en primera posición. Éste no es ni más ni menos que el impresionante Coliseo.

Arcos del Coliseo (Foto propia)

Esa mañana me levanté tarde. Si bien tenía que estar a las ocho en el vestíbulo para reemprender el camino del día anterior, ese día tardé veinte minutos más en hacerlo, quizás porque el cuerpo empezaba a acostumbrarse ya a la comodidad de aquellas literas del hostal.  

Ese día hacía calor. El cielo, azul como el de esas mañanas de primavera que tanto se agradecen después de un largo y frío invierno. De momento el tiempo no podía haber sido mejor. Mi primera parada fue la Domus Aurea, la Casa de Oro, hogar del tirano Nerón que recibió el nombre por el recubrimiento dorado de su fachada. Me pareció sorprendente que alguien tan tirano y extravagante pudiera tener una casa como aquella. En mi visita a la casa, pude ver, entre otras muchas cosas, el crytoporticus, frecuentado por Rafael y otros artistas del siglo XVI con la finalidad de estudiar sus pinturas que constituyen excelentes muestras del estilo de Pompeya. Fue un recorrido ameno y muy interesante desde un punto de vista artístico e histórico.

 Una de las grandes ventajas de Roma es la cercanía entre todos sus monumentos del centro histórico. Casi saliendo por la Domus Aurea se podía apreciar ya la imagen entera o gran parte del Coliseo, o Colosseo, como se diría en italiano. Con esta ventaja, puedes permitirte el lujo de caminar y pasear de un lado a otro, descubriendo nuevos lugares por el camino no indicados en tu guía o planning del viaje. Una vez delante del Coliseo es imposible que cualquier fotografía ni cualquier cuadro puedan reproducir la impresión de contemplarlo por primera vez. La majestuosidad y el tamaño del más importante monumento de la antigua Roma produce verdadero impacto, un enorme volumen que sin embargo no altera su equilibrio perfecto, una armonía que se ve intensificada, además,  con su iluminación nocturna. El interior es aun más impresionante. Más aún si se empieza a pensar en la cantidad de gente que podía acoger el anfiteatro. No obstante, los espectáculos llevados a cabo dentro de esta gran obra de arte merecerían, por lo menos, una reflexión. Recuerdo que, admirando la gran belleza del Coliseo, recordé un lugar de Barcelona que al igual que éste, destacaba por su gran belleza arquitectónica a pesar de los lamentables espectáculos que acontecen en su interior. Me acordé, sin ánimo de comparar, de la espectacular plaza de toros “la Monumental”.

Y también justo al lado del Coliseo, los foros. Tanto el trajano como el romano. Inmensos, espectaculares, imposibles de describir en pocas líneas. Creo que, en caso de querer conocer todo lo que en estos foros podemos encontrar, necesitaríamos días o incluso semanas. Solamente la columna trajana, estudiada también en historia del arte y pregunta del examen de Selectividad, daría para muchas horas de estudio. Pero las horas pasaban y las visitas a los foros no podían ser eternas por lo que decidí, y aún me acuerdo perfectamente del lugar exacto, comprar una manzana en una de las pocas tiendas de fruta que podemos encontrar por las calles de Roma. Después de ya unos pocos días alimentándome con una dieta realmente poco variada, una pieza de fruta no podía venir más de gusto. Sentada en uno de los bancos que separaban un foro y otro y que tenía como vistas por la parte izquierda el Coliseo, me comí la manzana mientras reposaba, pues la tarde aun guardaba muchas sorpresas.

Y pasé de algo tan famoso y visitado a algo poco frecuentado por los turistas, o al menos eso creía. A orillas del Tíber se encontraba el llamado “guetto”, lugar donde los judíos fueron recluidos durante el papado de Pablo IV. Después de contemplar la sinagoga, construida en el 1904, me desplacé hasta la simpática Boca de la veritá con la tentación de introducir la mano aunque finalmente no lo acabara haciendo. Todo esto, bordeando el río Tíber, observando sus diferentes tonalidades a medida que baja de la ciudad, y como en otros días, admirando sus puentes y la gente que pasa, se queda, vuelve a pasar y nunca deja al puente solitario.
 

Por último, y como quería volver a vivir mi segundo tramonto, me dirigí al Aventino, desde donde pude ver la misma Roma, pero ya de manera diferente, pues mis ojos ya no eran los mismos que dos días atrás. Antes, me dejé seducir por las calles del Trastevere (es decir, al otro lado del Tíber), sus edificios y sus calles volvían a ofrecerme una Roma totalmente diferente a lo visto con anterioridad. Aquel pequeño barrio tenía algo, algo que si fuera propio de un artista podría calificarse como “duende”. Tener duende es tener ángel, algo peculiar, sólo tuyo, que te hace diferenciarte de los demás. Sus increíbles fachadas, sus músicos cantando en la calle… No sabría a ciencia cierta qué era, pero el Trastevere tenía mucho “duende”.

Enviat per: cristinacg | Abril 21, 2010

Más paseos, más experiencias

Lunes, 8 de la mañana. Hacía un día precioso, una temperatura ideal y un sol que, después de los matices adquiridos la tarde de antes por el ‘tramonto’, volvía a brillar con toda su fuerza. Mi primera parada fue Termini, la principal estación de trenes de Roma. En ella compré sellos, muchos sellos, pues quería enviar cartas a familiares y amigos desde allí. Aproveché el corto periodo de tiempo en la estación para comprar un diario ya que no podía ir a Roma y no traerme un ejemplar de cualquier periódico. Me decanté por la Gazzeta dello Sport sin saber aún nada sobre periódicos, prensa, ideologías…; por no conocer no sabía ni que dentro de unos meses empezaría una carrera universitaria como la que curso actualmente.

Ese día visité muchísimas iglesias. Recuerdo que, meses antes, había mucha gente que respondía a la noticia de mi viaje a Roma con un: “¡Uf! Te vas a pasar el viaje viendo iglesias”. Sin embargo, y aunque no fueron las iglesias las protagonistas de mi viaje, no supusieron algo negativo. Algunas por sus pinturas, otras por sus reliquias, todas tenían algo que enseñarme. Bajando por la vía del Quirinale llegué al palacio del Quirinal, residencia oficial del Presidente de la República Italiana y uno de los símbolos del Estado italiano. Pude visitarlo y comprobar la grandeza del mismo, pues tiene más de 1200 habitaciones, además de diversas colecciones de pinturas, tapices y esculturas, entre las que destacaba el tan conocido pensador de Auguste Rodin. Un Panteón descomunal fue lo último que vi antes de realizar una parada para visitar uno de los restaurantes más conocidos y mejor valorados de Roma. No podría entretenerme en hablar del Panteón de Agripa, pues si lo hiciera, no acabaría nunca. Creo que si cierro los ojos aún puedo ver su inmensa cúpula, mayor que la de la Basílica de San Pedro, y su espectacular orificio por donde entraba una luz intensa de mediodía que iluminaba todo el templo.

Sin embargo, y como decía, ese día sí que comí en un restaurante, para mí, el mejor restaurante de la capital italiana. No es un restaurante de lujo, el precio de un plato de pasta o pizza más una bebida no superaba los 15 euros. Pero su ubicación, su historia y su comida hacen del establecimiento un lugar obligado de paso. Se encuentra en el Campo de’ Fiori, piazza que por otro lado merece un reconocimiento por su pintoresco mercado de frutas y otros alimentos y que recibe su nombre por ser, hasta el siglo XV, un prado de flores. La historia cuenta que fue en este mismo restaurante donde se inventó la tan famosa receta de la carbonara, y de ahí, le vendría el nombre. Un plato exquisito y unas vistas a la plaza desde las ventanas del piso superior hicieron de la comida una velada inolvidable.
Macarrones a la carbonara (Foto propia)
Restaurante ‘La Carbonara’ (Foto propia)

 Aprovechando que ese día comí de manera pausada, compré y degusté el mejor helado que había probado en toda mi vida. Y como decía en otro post, empecé a pasear por más plazas y más fuentes con el helado en mano, una mezcla de sabores e imágenes difícil de olvidar. Por la tarde, me esperaba la visita a un lugar quizás no de los más visitados.  El Cementerio protestante, situado en la vía di Caio Cestio, donde se encuentran enterrados no sólo los protestantes sino también los no católicos. Un paseo con vistas diferentes pero que también formaba parte de la historia de la esplendorosa ciudad.

Y ya por la noche, por fin, pude retroceder a meses atrás y protagonizar mi propia “Dolce Vita” aunque esta vez sin adentrarme en la increíble Fontana di Trevi como lo hizo la actriz en su película. Eran las diez de la noche y el cansancio comenzaba a aparecer aunque no suponía impedimento alguno; menos, delante de aquella obra de arte.  Si por la mañana la luz del sol intensifica los matices de cualquier estatua o monumento, por la noche, y en especial la Fontana di Trevi, ofrece un espectáculo pocas veces visto con anterioridad. Menos abarrotada que durante la mañana, como el último día pude comprobar, era aún mucho más bella que vista desde cualquier película o reportaje. Sus luces, sus esculturas, el sonido de su agua: todo era percibido desde la más absoluta ilusión. No obstante, esa ilusión tuvo que esperar aún dos días más para completarse y ver realizado mi sueño de arrojarle una moneda. Ésta aún tenía que acompañarme durante dos jornadas más.

Enviat per: cristinacg | Abril 20, 2010

Mi primer ‘tramonto’

Perseo con la cabeza de Medusa (Foto propia)

Vistas desde el Castel de Sant' Angelo (Foto propia)

Pasaban las once de la noche del sábado cuando empezamos a oír voces que aseguraban que ya habíamos llegado al puerto de Roma, más conocido como  Civitavecchia. Por megafonía nos habían avisado horas antes que recogiéramos todo el equipaje de los camarotes, pues, comparando con lo que llevábamos recorrido, ya quedaban pocas horas. Ropa, neceser, cámara, algún que otro objeto personal y el dinero, necesario pero no indispensable para un viaje como aquel. Recuerdo que, aun tener el hostal pagado y todas las visitas culturales, debía comprarme la comida de todos los días ya que no venía incluida. No obstante, éste no era un tema que me preocupase. Una vez acabado el viaje comprendí el porqué de mi despreocupación; puedo asegurar que sólo dos comidas en seis días realicé sentada en una mesa de cualquier bar o restaurante. Estando en Roma teníamos mejores cosas que hacer así que mientras nos adentrábamos poco a poco en la ciudad lo hacíamos con cualquier porción de pizza en mano. No había mejor forma de disgustar una pizza que penetrándose paso a paso por el barrio del Trastevere o travesando el río Tíber por sus increíbles puentes.

 Pese a mi despreocupación por el dinero, tenía presente ya, minutos antes de pisar por primera vez tierras italianas, aquella moneda que iba a proteger hasta el momento de dejarla ir, sabiendo que sería una de mis últimas experiencias en la ciudad, por lo que debía resguardarla bien y protegerla antes de que se viera amenazada por mi incomprensible deseo de comprar recuerdos materiales. Incomprensible porque, después de haber vivido un viaje como aquel comprendo que no podría haber hecho mejor regalo que el de explicar mi experiencia. Ninguna postal ni llavero con letras grabadas en las que se pudiera leer Roma sería tan emocionante como mi propia vivencia. Si cualquier amigo que viajara me preguntara hoy por el regalo que me podría traer, sólo le pediría que lo aprovechara al máximo, que lo viviera intensamente y que tuviera los ojos bien abiertos. No habría mejor obsequio que el de su historia en aquel país contada en primera persona.

 Y finalmente pisé, por primera vez en mi vida, tierras italianas. El puerto estaba oscuro, había varios autocares, algún coche aislado, poco más. Intenté absorber todo lo posible de aquella primera impresión. He de decir que, a pesar de lo que había cavilado durante tantos meses desde mi ciudad, Roma no parecía tan diferente de lo que ya conocía. Esta primera pequeña decepción se vio recompensada con creces cuatro días más tarde, en aquel mismo lugar y con la misma maleta, pero muchísimo más cargada de vivencias e impresiones.  Uno de esos autocares estaba esperando para recoger a mi grupo, me subí y me dejé sorprender por todo aquello que vi por la ventana desde mi asiento, todo desconocido, todo por conocer.

Después de una noche en que las ganas e ilusión apenas había dejado dormir, llegó la hora de calzarse unas buenas bambas y empezar a pisar aquellos adoquines particulares de Roma, un calzado que, por otro lado, pasaría una mala jugada a mis pies, sobre todo en los últimos días. Era domingo y tenía entrada para los Museos del Vaticano, el más completo en colecciones de obras antiguas. Era asombroso presenciar, en persona, estatuas como la del Laocoonte con sus hijos, analizada durante aquel curso tanto en Historia del Arte como en Griego. Perseo, con la cabeza de Medusa en su mano, fue una de las que más me impactó. No sabría decir por qué, pero recordé las explicaciones de mi profesora de mitología explicando la batalla de este personaje con una de las tres gorgonas, la única mortal. Perseo la dejó sin vida utilizando un espejo pues era el único instrumento con el que podía hacerle frente; cualquier mirada a Medusa lo dejaría petrificado. Con esta estatua se recordaba la batalla inteligente en detrimento de la fuerza bruta.

Visitamos la Basílica de San Pedro, como no. También el barrio del Borgo, el Ara Pacis, mausoleo de Augusto y el Castel de Sant’ Angelo. Este último monumento, famoso por ser construido por Adriano para ser su tumba, ofrecía desde su último piso, unas vistas espectaculares. En primer término, los fascinantes puentes que caracterizan y atraviesan el Tíber a lo largo de su recorrido por Roma.  Me atrevería a decir que, a pesar de la gran cantidad de éstos en la ciudad, nunca hay uno vacío. Siempre gente paseando por ellos, asomándose curiosa a ver el río, mirando asombrada las estatuas de los laterales.

Eran ya las seis y media de la tarde y aún quedaban muchas cosas por ver. La más espectacular, la gran Piazza del Popolo que, debido a una exposición del artista alemán Ha Schult, se encontraba invadida temporalmente por gigantescos ‘soldados basura’. La muestra, que recorrió centenares de ciudades del mundo entre las cuales también Barcelona, pretendía concienciar del cuidado del medio ambiente mediante soldados compuestos por residuos como latas de gaseosas o deshechos tecnológicos encontrados en los basureros de Colonia, la ciudad alemana donde reside el artista.  Si ya era sorprendente ver esta estampa en la misma Piazza, fue aún mejor observarlo desde un punto más alto, el Pincio, desde donde viví mi primer ‘tramonto’ italiano. No sólo aprendí aquel día que un ‘tramonto’ era un atardecer. Aquel domingo 25 de marzo de 2007, divisé la inmensidad de aquella ciudad, incluso de aquel país. Con un color rojizo el sol se fue escondiendo, poco a poco, entre sus casas, su cielo, sus nubes; un cielo y unas nubes que por muy lejos que estuviera de mi ciudad y por muy distinta que fuera la estampa de cualquiera vivida en Barcelona, también le pertenecían a ésta y, por extensión, también me pertenecían a mí.

Atardecer en Roma (Foto propia)

Enviat per: cristinacg | Abril 19, 2010

Primeras horas, primeras sensaciones

El mar embravecido en las primeras horas de la mañana (Foto propia)

Había estado ahorrando durante seis meses. El segundo curso de bachillerato se acababa y mis compañeros de clase y yo teníamos que decidir qué ciudad se iba a convertir en uno de los últimos lugares que visitaríamos juntos. En cuanto nos dieron las opciones, lo tuve claro. Quería conocer la ciudad eterna. Casi por unanimidad decidimos en menos de cinco minutos que fuera Roma y no otro lugar nuestro destino. Cinco minutos bastaron para tomar una decisión que, a mi juicio, nunca podría haber sido más acertada. El viaje acababa de empezar.

Los viajes se disfrutan en el lugar, visitando sus calles, conociendo sus gentes, observando e interiorizando la ciudad para llevárselo consigo al lugar de regreso. De esta manera, te vas llevando de cada ciudad o país visitado una parte, un trocito que guardas en la mochila y que siempre te acompañará. Vayas donde vayas siempre llevarás un equipaje constituido por pedacitos de todos y cada uno de los lugares en donde has estado.

Con Roma fue diferente. Mi viaje no empezó el 23 de marzo de 2007 sino que se inició justo en el momento en que la decisión se tomó. Gracias a mi profesor Fernando, a quien creo justo nombrar,  recorrimos la ciudad antes de hacerlo y nos volcamos con numerosos preparativos que no hacían más que incrementar nuestra ilusión. Nos subimos en una vespa con Audrey Hepburn y Gregory Peck, al igual que no quitamos el ojo a la entrada en la Fontana di Trevi de Anita Ekberg mientras un Marcelo Mastroianni pasmado  la observaba, incrédulo, desde el exterior. Creo que fue a partir de entonces cuando comencé a sentir una fascinación desbordante por esa fuente, y por extensión, por esa ciudad.

A diferencia de la mayoría de la gente que viaja a Roma, los más de 1500 kilómetros que nos separan de Barcelona los recorrí en barco. No era un gran barco, ni mucho menos la mitad de los típicos barcos de cruceros. Allí no había ni jacuzzis, ni terrazas inmensas.  Aunque tampoco sería justo poner en duda la confortabilidad del mismo, pues era suficiente para llegar al destino. Sin embargo, no todo empezó de la manera que hubiera pensado. Un fuerte temporal marítimo provocó un retraso de más de ocho horas en la salida de la embarcación. Fueron ocho horas muy intensas, pues el temor a que no se produjera la partida se acrecentaba con cada minuto que pasaba.

 Era la una de la madrugada cuando, por fin, con una sonrisa en la cara, cogí mi pequeño equipaje para adentrarme en aquella nave que, 20 horas más tarde, me permitiría deslizarme por una de esas rampas, una rampa que conectaba mi ansiado deseo con la realidad. El trayecto no fue del todo agradable. En las primeras horas, un considerable oleaje provocaba una cierta sensación de mareo que, por suerte, fue disminuyendo con el paso de las horas.

Sería difícil tener que elegir un momento en aquel barco. A pesar de esos primeros instantes de mareo, el viaje en barco no dejó de ser un viaje por sí mismo que me dio la posibilidad de experimentar sensaciones nunca vividas. Y es que nunca había visto Barcelona, mi ciudad, desde un punto tan retirado en el mar, alejándose poco a poco hasta quedar reducida a un punto luminoso entre tanta oscuridad. Tampoco nunca había tenido el inmenso placer de divisar un amanecer como aquel, un paisaje extraordinario en medio del Mediterráneo.

Nunca antes de ver aquel amanecer pensé que ir en barco a un destino tan lejano era buena idea. Fue entonces, mientras sentía aquel aroma a mar de las seis y media de la mañana y veía como unos tímidos rayos de luz aparecían del mar cuando supe que, no sólo había sido aquella una buena idea, sino que no podría haber otra mejor. Ni el mejor avión del mundo podría haberme ofrecido algo similar.

Enviat per: cristinacg | Abril 18, 2010

Realizando un sueño…

Sus vidas son largas. Desde su creación a su extinción deben llegar a recorrer millones de kilómetros. Siempre acompañadas de otras – normalmente, aunque hay gente que no tiene el placer-, se deben desplazar desde los lugares más recónditos a los más abarrotados y saturados. Su extinción se produce cuando las decisiones económicas y políticas determinan un cambio, una modificación que las hará desaparecer para siempre y que las dejará sin valor alguno. Casi nunca son propiedad de nadie, van y vienen de un lado para otro, se guardan y se vuelven a extraer, muy pocas veces permanecen en un lugar fijo. Pocas son vistas como algo más que meros instrumentos o medios para conseguir aquello que anhelamos.

No obstante, siempre quedan ese tipo de personas que atribuyen valor a cosas u objetos que, aun pasar diariamente por nuestras manos, los demás no les concedemos. Porque hay gente que las guarda, las mima y las reconoce como suyas. De esta manera, les arrebata la posibilidad de viajar dándole a cambio una protección desinteresada. Para ellos, lo importante no es el valor que tienen en sí mismas, sino un valor mucho más personal y verdadero.

Durante un tiempo, yo también privé a muchas de la posibilidad de viajar y pasar por incontables bolsillos, cada uno diferente del anterior. Aunque se trataba de una cuestión totalmente interesada, en especial una de ellas acabó significando algo más que lo estrictamente material.

Todas permanecieron encerradas durante más de medio año para precisamente permitirme sacarlas a deambular durante unos días por una de las ciudades más asombrosas que he visitado. Aunque sabía que muchas de ellas no realizarían el viaje de vuelta, una de las que de por seguro no iba a regresar tenía ya un destino asignado. Una en concreto dejó de pertenecerme a mí para formar parte de Roma, de su historia, de su presente, de su futuro… Porque no había mejor manera de desprenderse de ella que dejándola allí, en uno de los lugares más bellos de la ciudad. Allí se quedó junto con muchísimas más con tamaños, procedencias y propietarios totalmente diferentes. Sin embargo, no fue hasta el final de mi viaje que me desprendí de ella, acompañándome así durante los seis mejores días de mi vida.

Enviat per: cristinacg | Abril 15, 2010

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