Enviat per: cristinacg | Abril 18, 2010

Realizando un sueño…

Sus vidas son largas. Desde su creación a su extinción deben llegar a recorrer millones de kilómetros. Siempre acompañadas de otras – normalmente, aunque hay gente que no tiene el placer-, se deben desplazar desde los lugares más recónditos a los más abarrotados y saturados. Su extinción se produce cuando las decisiones económicas y políticas determinan un cambio, una modificación que las hará desaparecer para siempre y que las dejará sin valor alguno. Casi nunca son propiedad de nadie, van y vienen de un lado para otro, se guardan y se vuelven a extraer, muy pocas veces permanecen en un lugar fijo. Pocas son vistas como algo más que meros instrumentos o medios para conseguir aquello que anhelamos.

No obstante, siempre quedan ese tipo de personas que atribuyen valor a cosas u objetos que, aun pasar diariamente por nuestras manos, los demás no les concedemos. Porque hay gente que las guarda, las mima y las reconoce como suyas. De esta manera, les arrebata la posibilidad de viajar dándole a cambio una protección desinteresada. Para ellos, lo importante no es el valor que tienen en sí mismas, sino un valor mucho más personal y verdadero.

Durante un tiempo, yo también privé a muchas de la posibilidad de viajar y pasar por incontables bolsillos, cada uno diferente del anterior. Aunque se trataba de una cuestión totalmente interesada, en especial una de ellas acabó significando algo más que lo estrictamente material.

Todas permanecieron encerradas durante más de medio año para precisamente permitirme sacarlas a deambular durante unos días por una de las ciudades más asombrosas que he visitado. Aunque sabía que muchas de ellas no realizarían el viaje de vuelta, una de las que de por seguro no iba a regresar tenía ya un destino asignado. Una en concreto dejó de pertenecerme a mí para formar parte de Roma, de su historia, de su presente, de su futuro… Porque no había mejor manera de desprenderse de ella que dejándola allí, en uno de los lugares más bellos de la ciudad. Allí se quedó junto con muchísimas más con tamaños, procedencias y propietarios totalmente diferentes. Sin embargo, no fue hasta el final de mi viaje que me desprendí de ella, acompañándome así durante los seis mejores días de mi vida.

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