Enviat per: cristinacg | Abril 19, 2010

Primeras horas, primeras sensaciones

El mar embravecido en las primeras horas de la mañana (Foto propia)

Había estado ahorrando durante seis meses. El segundo curso de bachillerato se acababa y mis compañeros de clase y yo teníamos que decidir qué ciudad se iba a convertir en uno de los últimos lugares que visitaríamos juntos. En cuanto nos dieron las opciones, lo tuve claro. Quería conocer la ciudad eterna. Casi por unanimidad decidimos en menos de cinco minutos que fuera Roma y no otro lugar nuestro destino. Cinco minutos bastaron para tomar una decisión que, a mi juicio, nunca podría haber sido más acertada. El viaje acababa de empezar.

Los viajes se disfrutan en el lugar, visitando sus calles, conociendo sus gentes, observando e interiorizando la ciudad para llevárselo consigo al lugar de regreso. De esta manera, te vas llevando de cada ciudad o país visitado una parte, un trocito que guardas en la mochila y que siempre te acompañará. Vayas donde vayas siempre llevarás un equipaje constituido por pedacitos de todos y cada uno de los lugares en donde has estado.

Con Roma fue diferente. Mi viaje no empezó el 23 de marzo de 2007 sino que se inició justo en el momento en que la decisión se tomó. Gracias a mi profesor Fernando, a quien creo justo nombrar,  recorrimos la ciudad antes de hacerlo y nos volcamos con numerosos preparativos que no hacían más que incrementar nuestra ilusión. Nos subimos en una vespa con Audrey Hepburn y Gregory Peck, al igual que no quitamos el ojo a la entrada en la Fontana di Trevi de Anita Ekberg mientras un Marcelo Mastroianni pasmado  la observaba, incrédulo, desde el exterior. Creo que fue a partir de entonces cuando comencé a sentir una fascinación desbordante por esa fuente, y por extensión, por esa ciudad.

A diferencia de la mayoría de la gente que viaja a Roma, los más de 1500 kilómetros que nos separan de Barcelona los recorrí en barco. No era un gran barco, ni mucho menos la mitad de los típicos barcos de cruceros. Allí no había ni jacuzzis, ni terrazas inmensas.  Aunque tampoco sería justo poner en duda la confortabilidad del mismo, pues era suficiente para llegar al destino. Sin embargo, no todo empezó de la manera que hubiera pensado. Un fuerte temporal marítimo provocó un retraso de más de ocho horas en la salida de la embarcación. Fueron ocho horas muy intensas, pues el temor a que no se produjera la partida se acrecentaba con cada minuto que pasaba.

 Era la una de la madrugada cuando, por fin, con una sonrisa en la cara, cogí mi pequeño equipaje para adentrarme en aquella nave que, 20 horas más tarde, me permitiría deslizarme por una de esas rampas, una rampa que conectaba mi ansiado deseo con la realidad. El trayecto no fue del todo agradable. En las primeras horas, un considerable oleaje provocaba una cierta sensación de mareo que, por suerte, fue disminuyendo con el paso de las horas.

Sería difícil tener que elegir un momento en aquel barco. A pesar de esos primeros instantes de mareo, el viaje en barco no dejó de ser un viaje por sí mismo que me dio la posibilidad de experimentar sensaciones nunca vividas. Y es que nunca había visto Barcelona, mi ciudad, desde un punto tan retirado en el mar, alejándose poco a poco hasta quedar reducida a un punto luminoso entre tanta oscuridad. Tampoco nunca había tenido el inmenso placer de divisar un amanecer como aquel, un paisaje extraordinario en medio del Mediterráneo.

Nunca antes de ver aquel amanecer pensé que ir en barco a un destino tan lejano era buena idea. Fue entonces, mientras sentía aquel aroma a mar de las seis y media de la mañana y veía como unos tímidos rayos de luz aparecían del mar cuando supe que, no sólo había sido aquella una buena idea, sino que no podría haber otra mejor. Ni el mejor avión del mundo podría haberme ofrecido algo similar.

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