Enviat per: cristinacg | Abril 20, 2010

Mi primer ‘tramonto’

Perseo con la cabeza de Medusa (Foto propia)

Vistas desde el Castel de Sant' Angelo (Foto propia)

Pasaban las once de la noche del sábado cuando empezamos a oír voces que aseguraban que ya habíamos llegado al puerto de Roma, más conocido como  Civitavecchia. Por megafonía nos habían avisado horas antes que recogiéramos todo el equipaje de los camarotes, pues, comparando con lo que llevábamos recorrido, ya quedaban pocas horas. Ropa, neceser, cámara, algún que otro objeto personal y el dinero, necesario pero no indispensable para un viaje como aquel. Recuerdo que, aun tener el hostal pagado y todas las visitas culturales, debía comprarme la comida de todos los días ya que no venía incluida. No obstante, éste no era un tema que me preocupase. Una vez acabado el viaje comprendí el porqué de mi despreocupación; puedo asegurar que sólo dos comidas en seis días realicé sentada en una mesa de cualquier bar o restaurante. Estando en Roma teníamos mejores cosas que hacer así que mientras nos adentrábamos poco a poco en la ciudad lo hacíamos con cualquier porción de pizza en mano. No había mejor forma de disgustar una pizza que penetrándose paso a paso por el barrio del Trastevere o travesando el río Tíber por sus increíbles puentes.

 Pese a mi despreocupación por el dinero, tenía presente ya, minutos antes de pisar por primera vez tierras italianas, aquella moneda que iba a proteger hasta el momento de dejarla ir, sabiendo que sería una de mis últimas experiencias en la ciudad, por lo que debía resguardarla bien y protegerla antes de que se viera amenazada por mi incomprensible deseo de comprar recuerdos materiales. Incomprensible porque, después de haber vivido un viaje como aquel comprendo que no podría haber hecho mejor regalo que el de explicar mi experiencia. Ninguna postal ni llavero con letras grabadas en las que se pudiera leer Roma sería tan emocionante como mi propia vivencia. Si cualquier amigo que viajara me preguntara hoy por el regalo que me podría traer, sólo le pediría que lo aprovechara al máximo, que lo viviera intensamente y que tuviera los ojos bien abiertos. No habría mejor obsequio que el de su historia en aquel país contada en primera persona.

 Y finalmente pisé, por primera vez en mi vida, tierras italianas. El puerto estaba oscuro, había varios autocares, algún coche aislado, poco más. Intenté absorber todo lo posible de aquella primera impresión. He de decir que, a pesar de lo que había cavilado durante tantos meses desde mi ciudad, Roma no parecía tan diferente de lo que ya conocía. Esta primera pequeña decepción se vio recompensada con creces cuatro días más tarde, en aquel mismo lugar y con la misma maleta, pero muchísimo más cargada de vivencias e impresiones.  Uno de esos autocares estaba esperando para recoger a mi grupo, me subí y me dejé sorprender por todo aquello que vi por la ventana desde mi asiento, todo desconocido, todo por conocer.

Después de una noche en que las ganas e ilusión apenas había dejado dormir, llegó la hora de calzarse unas buenas bambas y empezar a pisar aquellos adoquines particulares de Roma, un calzado que, por otro lado, pasaría una mala jugada a mis pies, sobre todo en los últimos días. Era domingo y tenía entrada para los Museos del Vaticano, el más completo en colecciones de obras antiguas. Era asombroso presenciar, en persona, estatuas como la del Laocoonte con sus hijos, analizada durante aquel curso tanto en Historia del Arte como en Griego. Perseo, con la cabeza de Medusa en su mano, fue una de las que más me impactó. No sabría decir por qué, pero recordé las explicaciones de mi profesora de mitología explicando la batalla de este personaje con una de las tres gorgonas, la única mortal. Perseo la dejó sin vida utilizando un espejo pues era el único instrumento con el que podía hacerle frente; cualquier mirada a Medusa lo dejaría petrificado. Con esta estatua se recordaba la batalla inteligente en detrimento de la fuerza bruta.

Visitamos la Basílica de San Pedro, como no. También el barrio del Borgo, el Ara Pacis, mausoleo de Augusto y el Castel de Sant’ Angelo. Este último monumento, famoso por ser construido por Adriano para ser su tumba, ofrecía desde su último piso, unas vistas espectaculares. En primer término, los fascinantes puentes que caracterizan y atraviesan el Tíber a lo largo de su recorrido por Roma.  Me atrevería a decir que, a pesar de la gran cantidad de éstos en la ciudad, nunca hay uno vacío. Siempre gente paseando por ellos, asomándose curiosa a ver el río, mirando asombrada las estatuas de los laterales.

Eran ya las seis y media de la tarde y aún quedaban muchas cosas por ver. La más espectacular, la gran Piazza del Popolo que, debido a una exposición del artista alemán Ha Schult, se encontraba invadida temporalmente por gigantescos ‘soldados basura’. La muestra, que recorrió centenares de ciudades del mundo entre las cuales también Barcelona, pretendía concienciar del cuidado del medio ambiente mediante soldados compuestos por residuos como latas de gaseosas o deshechos tecnológicos encontrados en los basureros de Colonia, la ciudad alemana donde reside el artista.  Si ya era sorprendente ver esta estampa en la misma Piazza, fue aún mejor observarlo desde un punto más alto, el Pincio, desde donde viví mi primer ‘tramonto’ italiano. No sólo aprendí aquel día que un ‘tramonto’ era un atardecer. Aquel domingo 25 de marzo de 2007, divisé la inmensidad de aquella ciudad, incluso de aquel país. Con un color rojizo el sol se fue escondiendo, poco a poco, entre sus casas, su cielo, sus nubes; un cielo y unas nubes que por muy lejos que estuviera de mi ciudad y por muy distinta que fuera la estampa de cualquiera vivida en Barcelona, también le pertenecían a ésta y, por extensión, también me pertenecían a mí.

Atardecer en Roma (Foto propia)

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