Enviat per: cristinacg | Abril 21, 2010

Más paseos, más experiencias

Lunes, 8 de la mañana. Hacía un día precioso, una temperatura ideal y un sol que, después de los matices adquiridos la tarde de antes por el ‘tramonto’, volvía a brillar con toda su fuerza. Mi primera parada fue Termini, la principal estación de trenes de Roma. En ella compré sellos, muchos sellos, pues quería enviar cartas a familiares y amigos desde allí. Aproveché el corto periodo de tiempo en la estación para comprar un diario ya que no podía ir a Roma y no traerme un ejemplar de cualquier periódico. Me decanté por la Gazzeta dello Sport sin saber aún nada sobre periódicos, prensa, ideologías…; por no conocer no sabía ni que dentro de unos meses empezaría una carrera universitaria como la que curso actualmente.

Ese día visité muchísimas iglesias. Recuerdo que, meses antes, había mucha gente que respondía a la noticia de mi viaje a Roma con un: “¡Uf! Te vas a pasar el viaje viendo iglesias”. Sin embargo, y aunque no fueron las iglesias las protagonistas de mi viaje, no supusieron algo negativo. Algunas por sus pinturas, otras por sus reliquias, todas tenían algo que enseñarme. Bajando por la vía del Quirinale llegué al palacio del Quirinal, residencia oficial del Presidente de la República Italiana y uno de los símbolos del Estado italiano. Pude visitarlo y comprobar la grandeza del mismo, pues tiene más de 1200 habitaciones, además de diversas colecciones de pinturas, tapices y esculturas, entre las que destacaba el tan conocido pensador de Auguste Rodin. Un Panteón descomunal fue lo último que vi antes de realizar una parada para visitar uno de los restaurantes más conocidos y mejor valorados de Roma. No podría entretenerme en hablar del Panteón de Agripa, pues si lo hiciera, no acabaría nunca. Creo que si cierro los ojos aún puedo ver su inmensa cúpula, mayor que la de la Basílica de San Pedro, y su espectacular orificio por donde entraba una luz intensa de mediodía que iluminaba todo el templo.

Sin embargo, y como decía, ese día sí que comí en un restaurante, para mí, el mejor restaurante de la capital italiana. No es un restaurante de lujo, el precio de un plato de pasta o pizza más una bebida no superaba los 15 euros. Pero su ubicación, su historia y su comida hacen del establecimiento un lugar obligado de paso. Se encuentra en el Campo de’ Fiori, piazza que por otro lado merece un reconocimiento por su pintoresco mercado de frutas y otros alimentos y que recibe su nombre por ser, hasta el siglo XV, un prado de flores. La historia cuenta que fue en este mismo restaurante donde se inventó la tan famosa receta de la carbonara, y de ahí, le vendría el nombre. Un plato exquisito y unas vistas a la plaza desde las ventanas del piso superior hicieron de la comida una velada inolvidable.
Macarrones a la carbonara (Foto propia)
Restaurante ‘La Carbonara’ (Foto propia)

 Aprovechando que ese día comí de manera pausada, compré y degusté el mejor helado que había probado en toda mi vida. Y como decía en otro post, empecé a pasear por más plazas y más fuentes con el helado en mano, una mezcla de sabores e imágenes difícil de olvidar. Por la tarde, me esperaba la visita a un lugar quizás no de los más visitados.  El Cementerio protestante, situado en la vía di Caio Cestio, donde se encuentran enterrados no sólo los protestantes sino también los no católicos. Un paseo con vistas diferentes pero que también formaba parte de la historia de la esplendorosa ciudad.

Y ya por la noche, por fin, pude retroceder a meses atrás y protagonizar mi propia “Dolce Vita” aunque esta vez sin adentrarme en la increíble Fontana di Trevi como lo hizo la actriz en su película. Eran las diez de la noche y el cansancio comenzaba a aparecer aunque no suponía impedimento alguno; menos, delante de aquella obra de arte.  Si por la mañana la luz del sol intensifica los matices de cualquier estatua o monumento, por la noche, y en especial la Fontana di Trevi, ofrece un espectáculo pocas veces visto con anterioridad. Menos abarrotada que durante la mañana, como el último día pude comprobar, era aún mucho más bella que vista desde cualquier película o reportaje. Sus luces, sus esculturas, el sonido de su agua: todo era percibido desde la más absoluta ilusión. No obstante, esa ilusión tuvo que esperar aún dos días más para completarse y ver realizado mi sueño de arrojarle una moneda. Ésta aún tenía que acompañarme durante dos jornadas más.

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