Enviat per: cristinacg | Abril 22, 2010

Una ciudad llena de sorpresas

 
El Tíber desde uno de sus puentes (Foto propia)

Roma no es una de esas ciudades que sólo pueden ser recordadas por su principal monumento o por uno de sus principales artistas. La ciudad eterna tiene tal cantidad de cosas por las que podría y es conocida que es imposible relacionarla a algo que la caracterice. Lo mismo pasa con Barcelona: ¿Con qué puede asociar un turista la Ciudad Condal? La arquitectura de Gaudí, su gastronomía, su carácter cosmopolita, sus playas, etc.  De hecho, pocos lugares deben tener algo que evoque directamente a la gente a esa ciudad o pueblo. Todas las regiones se caracterizan por una infinidad de lugares, gentes y diversidad al fin y al cabo que hace de la tarea de relacionar un lugar con alguno de estos aspectos una misión algo ardua y complicada. A pesar de esto, el carácter histórico de la ciudad tiene un gran peso en la valoración de la misma por lo que hay un monumento que, si hubiera un ranking de lugares emblemáticos de Roma, quedaría en primera posición. Éste no es ni más ni menos que el impresionante Coliseo.

Arcos del Coliseo (Foto propia)

Esa mañana me levanté tarde. Si bien tenía que estar a las ocho en el vestíbulo para reemprender el camino del día anterior, ese día tardé veinte minutos más en hacerlo, quizás porque el cuerpo empezaba a acostumbrarse ya a la comodidad de aquellas literas del hostal.  

Ese día hacía calor. El cielo, azul como el de esas mañanas de primavera que tanto se agradecen después de un largo y frío invierno. De momento el tiempo no podía haber sido mejor. Mi primera parada fue la Domus Aurea, la Casa de Oro, hogar del tirano Nerón que recibió el nombre por el recubrimiento dorado de su fachada. Me pareció sorprendente que alguien tan tirano y extravagante pudiera tener una casa como aquella. En mi visita a la casa, pude ver, entre otras muchas cosas, el crytoporticus, frecuentado por Rafael y otros artistas del siglo XVI con la finalidad de estudiar sus pinturas que constituyen excelentes muestras del estilo de Pompeya. Fue un recorrido ameno y muy interesante desde un punto de vista artístico e histórico.

 Una de las grandes ventajas de Roma es la cercanía entre todos sus monumentos del centro histórico. Casi saliendo por la Domus Aurea se podía apreciar ya la imagen entera o gran parte del Coliseo, o Colosseo, como se diría en italiano. Con esta ventaja, puedes permitirte el lujo de caminar y pasear de un lado a otro, descubriendo nuevos lugares por el camino no indicados en tu guía o planning del viaje. Una vez delante del Coliseo es imposible que cualquier fotografía ni cualquier cuadro puedan reproducir la impresión de contemplarlo por primera vez. La majestuosidad y el tamaño del más importante monumento de la antigua Roma produce verdadero impacto, un enorme volumen que sin embargo no altera su equilibrio perfecto, una armonía que se ve intensificada, además,  con su iluminación nocturna. El interior es aun más impresionante. Más aún si se empieza a pensar en la cantidad de gente que podía acoger el anfiteatro. No obstante, los espectáculos llevados a cabo dentro de esta gran obra de arte merecerían, por lo menos, una reflexión. Recuerdo que, admirando la gran belleza del Coliseo, recordé un lugar de Barcelona que al igual que éste, destacaba por su gran belleza arquitectónica a pesar de los lamentables espectáculos que acontecen en su interior. Me acordé, sin ánimo de comparar, de la espectacular plaza de toros “la Monumental”.

Y también justo al lado del Coliseo, los foros. Tanto el trajano como el romano. Inmensos, espectaculares, imposibles de describir en pocas líneas. Creo que, en caso de querer conocer todo lo que en estos foros podemos encontrar, necesitaríamos días o incluso semanas. Solamente la columna trajana, estudiada también en historia del arte y pregunta del examen de Selectividad, daría para muchas horas de estudio. Pero las horas pasaban y las visitas a los foros no podían ser eternas por lo que decidí, y aún me acuerdo perfectamente del lugar exacto, comprar una manzana en una de las pocas tiendas de fruta que podemos encontrar por las calles de Roma. Después de ya unos pocos días alimentándome con una dieta realmente poco variada, una pieza de fruta no podía venir más de gusto. Sentada en uno de los bancos que separaban un foro y otro y que tenía como vistas por la parte izquierda el Coliseo, me comí la manzana mientras reposaba, pues la tarde aun guardaba muchas sorpresas.

Y pasé de algo tan famoso y visitado a algo poco frecuentado por los turistas, o al menos eso creía. A orillas del Tíber se encontraba el llamado “guetto”, lugar donde los judíos fueron recluidos durante el papado de Pablo IV. Después de contemplar la sinagoga, construida en el 1904, me desplacé hasta la simpática Boca de la veritá con la tentación de introducir la mano aunque finalmente no lo acabara haciendo. Todo esto, bordeando el río Tíber, observando sus diferentes tonalidades a medida que baja de la ciudad, y como en otros días, admirando sus puentes y la gente que pasa, se queda, vuelve a pasar y nunca deja al puente solitario.
 

Por último, y como quería volver a vivir mi segundo tramonto, me dirigí al Aventino, desde donde pude ver la misma Roma, pero ya de manera diferente, pues mis ojos ya no eran los mismos que dos días atrás. Antes, me dejé seducir por las calles del Trastevere (es decir, al otro lado del Tíber), sus edificios y sus calles volvían a ofrecerme una Roma totalmente diferente a lo visto con anterioridad. Aquel pequeño barrio tenía algo, algo que si fuera propio de un artista podría calificarse como “duende”. Tener duende es tener ángel, algo peculiar, sólo tuyo, que te hace diferenciarte de los demás. Sus increíbles fachadas, sus músicos cantando en la calle… No sabría a ciencia cierta qué era, pero el Trastevere tenía mucho “duende”.

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