Enviat per: cristinacg | Abril 25, 2010

Mi último día

Y llegó el día. Era miércoles y justo después de comer, sobre las 4 de la tarde, debía coger un tren en Termini para que me llevara a Civitavecchia, el puerto de Roma donde 4 días antes había llegado pensando que estaba a punto de empezar unos de los mejores días de mi vida. Supongo que para alguien habituado a viajar, Roma no deja de ser una ciudad “similar” a Barcelona, Madrid o Valencia. La cultura es parecida e incluso muchos de los habitantes de Roma conocen la lengua española, pudiendo hablar perfectamente con ellos, pues el italiano tampoco es de las lenguas más difícilmente entendibles. Sin embargo, aquel viaje significaba algo más que una visita a una ciudad normal y corriente. Roma me maravilló de tal modo que, aun querer conocer lugares diferentes, donde nunca he estado y en los que me pueda sentir cien por cien turista, sé que tengo y debo volver a ella.

Un pájaro contemplando la ciudad desde una rama (Foto propia)

 En cuanto sonó el despertador aquella mañana supe que mi viaje estaba llegando a su fin. Era el último día en aquella habitación donde, si asomabas la cabeza por la ventana, podías ver un mercado diario en la calle de enfrente. Ya me conocía las tiendas de la calle, los pisos e incluso aún podría recordar la disposición de las paradas en aquel mercado callejero. El hecho de mirar cada mañana por aquella ventana hacía chocarte con la realidad, con el sueño de estar pasando unos días en la tan fantaseada ciudad. Recogí todo lo de las maletas y lo llevé a uno de esos cuartos de los hoteles que guardan el equipaje mientras vives tus últimos minutos en el lugar. ¡Qué tristes estos cuartos! Después de desayunar me esperaban dos visitas, las últimas dos visitas, una de ellas, además, repetida.

 La primera fue a la Villa Borghese, edificio construido ente los años 1613 y 1615 en el que se encuentra una colección de pintura y escultura solamente superada por las de los Museos del Vaticano. La mejor escultura, sin duda, la de Apolo y Dafne de Bernini. Ésta captura la transformación de Dafne en laurel, sus pies se vuelven raíces y sus extremidades se convierten en ramas, mientras Apolo, detrás, la mira con estupefacción. Después de más de dos horas caminando por el museo, di una vuelta por los parques y jardines que lo rodean, unos parques y jardines que, a diferencia de casi todo lo visto con anterioridad, se encontraban vacíos, casi sin gente que los recorriera. Fue un paseo tranquilo pero ameno, alegre a la par que triste, que me permitió reflexionar sobre todo lo acontecido en esos días, todo lo que había visto y visitado y todo aquello que sin estar en la guía inicial había podido descubrir.

 Y cogí un bus, donde a diferencia de la mayoría de habitantes de Roma, pagué mi billete. Podría haberme colado fácilmente pero preferí serle leal a una ciudad que me había ofrecido tanto. Además, quería guardarme todo lo que utilizara o me sirviera en Roma para que, después de más de 3 años como ahora, pudiera abrir mi caja de los recuerdos y ver el precio del ticket, al igual que el coste de un menú de un restaurante o la entrada a uno de los muchos monumentos visitados.

Fontana di Trevi (Foto propia)

Era la hora de volver a aquel lugar. Cinco días guardando una moneda, más los muchos meses encerrada en una hucha para acumular el máximo dinero posible para financiarme el viaje. Volví a estar en frente de la Fontana di Trevi y volví a recordar la escena de la Dolce Vita  con la protagonista adentrándose en la fuente. No obstante, aquel día estaba abarrotada, decenas de personas la contemplaban, otras, apoyadas en el margen de la fuente, cerraban los ojos y de espaldas a ésta arrojaban la moneda pidiendo su propio deseo.  Hice algunas fotos y seguidamente me aproximé lo máximo que pude, llegando a tocar incluso el borde de la fuente y el agua, unos bordes que, a pesar de haberse sentado millones de visitantes, eran los mismos de los de aquella película que tanto me había hecho enamorarme de la ciudad. Tenía la moneda seleccionada, sólo bastaba concentrarse bien y parar el tiempo para que aquel instante quedara gravado en mi memoria y perdurara durante mucho tiempo. Me puse de espaldas a la fuente y antes de hacerlo observé la gente que tenía a mi alrededor pensando en si realmente todas aquellas personas lanzarían la moneda. No me extrañarían entonces los intentos de algunas personas por robar el dinero de su interior. Cerré los ojos y pensé el deseo agarrando con fuerza la moneda. La tradición dice que arrojando una moneda te aseguras el retorno a la ciudad. Deseché la idea, por tanto, de lanzar más monedas y cuando ya tuve la seguridad suficiente de que recordaría el momento para siempre, la tiré.   

Acababa de hacerlo, mi último cometido en la ciudad acababa de ser realizado. La alegría por un lado y la nostalgia, por otro, me invadían de tal manera que aun sin haber dejado todavía la ciudad, tenía clarísimo que quería volver a verla.

 Eran las cuatro de la tarde y me subí a un tren. Un poco más de media hora más tarde estaba ya en el puerto, esperando a embarcar y dejar la hermosa ciudad. Sabía que el trayecto de vuelta lo disfrutaría poco puesto que el cansancio era tan acusado que aprovecharía para dormir. Aun así, pude ver la partida, como cinco días atrás, pero con un sentimiento totalmente distinto. Ya no era mi ciudad la que se reducía lentamente entre el mar, sino un lugar que a pesar de ser totalmente desconocido para mí en un primer momento, sentía ya como mío.

Regreso en barco (Foto propia)

Si bien había dicho hace unos días que no habría mejor regalo que el de la propia experiencia, ahora, después de escribir este blog, me acabo de dar cuenta que acabo de ofrecer un regalo muy grande, no sólo para el posible lector, sino también para mí misma. Después de tres años en el que el recuerdo, a pesar de no haber desaparecido, formaba parte de algo estático y un poco abandonado en mi cabeza, en estos días he vuelto a revivirlo. Gracias a todas estas líneas repletas de vivencias creo haber pasado otra vez por esos puentes que cruzan el Tíber y me parece haber visto esos tramontos italianos inconfundibles. He podido detenerme a observar todas mis fotos y todos esos recuerdos guardados en una caja que, si no hubiera sido por esto, seguiría metida en el armario, escondiendo un gran tesoro pero sin ser sacada para reportarme tanta satisfacción y gozo. Escribiendo estas últimas líneas y escuchando el “Arrivederci Roma” de Dean Martin, dejo de hablar de Roma para que todo aquel que no haya estado pueda comprobarlo todo por sí mismo. Algún día, y sé que no dentro de mucho tiempo, volveré a comprobarlo de nuevo y volveré a escribirlo, pues no hay mejor forma de revivir todo lo acontecido que ésta.

Anuncis

Responses

  1. Algun dia anirem juntes a la città eterna!

  2. Clar que sí!!!


Deixa un comentari

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

Esteu comentant fent servir el compte WordPress.com. Log Out / Canvia )

Twitter picture

Esteu comentant fent servir el compte Twitter. Log Out / Canvia )

Facebook photo

Esteu comentant fent servir el compte Facebook. Log Out / Canvia )

Google+ photo

Esteu comentant fent servir el compte Google+. Log Out / Canvia )

Connecting to %s

Categories

%d bloggers like this: